JOE ARROYO: “Es el sentir negro, brother”

JOE ARROYO: “Es el sentir negro, brother”
Por Gustavo Emilio Balanza Castilla
Cartagena

Ahí está, sentado en una poltrona, con ropa casera. Se pone de pie.  Apaga el TV., nos tiende la mano derecha. –Q´hubo–, saludó.  –Bienvenidos a mi casa,  la casa de ustedes–, nos dijo a Rafa Zabala, nuestro fotógrafo, y a mí. Casi de inmediato apareció Lucho Ojeda, su mánager y con él iniciamos los preparativos de la jornada de trabajo que nos convocaba.  –Voy y vengo–, nos comunicó el maestro, dirigiéndose a una de las habitaciones de su apartamento. Al poco rato salió. En su brazo izquierdo un manojo de ropa buscando un concepto colectivo de cuál era la más adecuada para la entrevista. Un breve intercambio de opiniones y manos a la obra.

Durante un breve recorrido por cada rincón de la casa, para las tomas fotográficas, sentimos el aroma artístico y musical que ella emana. Nos comenta Lucho que los amigos de lo ajeno habían hecho desastre pocos días antes de nuestro arribo. Congos, claves, guacharacas, maracas, bongoes… Cuadros que transportan a momentos imborrables. El Congo sobre la cabeza.  –Coño, esto sí pesa. Es  la primera vez que me lo pongo–, piensa en voz alta, como exteriorizando una sutil y agradable tortura. El apartamento es un pequeño museo en honor a una trayectoria y una vocación por  las notas y  las partituras heredadas y recreadas en polvorientos callejones de la barriada.

A pie pelao, coge el balde y vamos

Mobali na ngai wana pette sayee mama Kongo, estas son las letras de La Bollona, un tema de  partitura africana, de las primeras canciones que se escuchaban en las grandes máquinas de esos inmensos equipos de sonido que en la Costa Atlántica colombiana llaman  picó y que se reproducían en las grabadoras de las casas ubicadas en los sectores populares y que el Joe Arroyo la recuerda muy bien, cuando nos relata los años de infancia y adolescencia en el barrio Nariño de Cartagena de Indias.

–Nariño es el marco. El epicentro donde se crió, creció y se hizo el Joe Arroyo–, expresa con dejo nostálgico.  –Tu me estás tocando esas fbras de mi barrio y su relación con mi música y el sabor   que me aportó y que caracteriza lo que hoy soy.  Te digo que todavía voy al barrio sin que nadie sepa que soy yo, parqueo la camioneta en un lado, lo recorro, me siento con uno o dos amigos de infancia a conversar. Ellos me preguntan qué quiero hacer y yo les digo que me dejen revivir la película–.

Hace una pausa, toma un sorbo de agua y continúa:  –El palenquero que se viste cuando llueve. Eso que nunca le han echado pavimento y el man sale con la pinta y los zapatos blancos, saltando charcos, pa’ llegar a la avenida a cogé el bus, y el mismo swing al regreso. Eso yo lo viví. Esa es una nota bien africana, que yo no sabría explicar. Es algo muy empírico. El picó en la esquina, el otro en la loma y con la brisa se te viene la música…, ñaañaaaaaa, se te baja la nota–.

El Joe  hace las mímicas con sus manos y emite el sonido propio del eco musical. Está poseído por la remembranza, retrotraer esos pasajes le emocionan de sobremanera, y así lo trasmite y contagia a quienes estamos a su alrededor.  –De pronto La Bollona te arropa el oído. Es un cuento, es una película divina. Es el sentir negro, brother–. Un sollozo irrumpe abrupto en la escena, se le escapan dos gotas de lágrima, levanta sus manos y se las seca, son filamentos que muy pocas veces le tocan.

–Mis primeros años de vida marcaron lo que yo iba a ser. Desde que nací traigo la música. La llevo conmigo.  Recuerdo que no había agua en la casa, tenía que comprarla donde el viejo Jericó, a una cuadra, subiendo la loma… Y en ese va y viene tenía que llenar un tanque. En ese ir y venir yo componía. Metía la cabeza en una de las  latas, cantaba, y yo mismo me ovacionaba–.  Joe grafica y suelta el sonido de frenesí: –Aaaaaaaaahhh. Como eso hace un eco, yo me hacía una película, me sentía en público, para mí eso era muy grandioso y gracias a Dios se me cumplió el sueño. Estoy muy agradecido con Él por eso–.

Kike Muñoz, sociólogo y uno de máximos estudiosos de la obra del Joe, dice que este cartagenero es la voz de la calle que grita de manera altanera en la esquina del barrio, a partir de su canto.

–Lo conocí desde el vamos de su cantar, por haber nacido en el mismo barrio, sólo nos separaban unas cuantas calles y tuve la fortuna de tener al mismo profesor de música: Bernardino Montoya, quien forjó a toda una generación de  artistas, entre los que se encuentran Joe Arroyo, Vicente Alvear (fallecido), cantante de la Sonora Dinamita; Dary Becerra, cantante de la Orquesta de Pacho Galán; Víctor del Real (El Nene), pianista; Oscar ‘El Gato’ Urueta, trombonista y  fautista de la Orquesta Sinfónica de Paris; Edison Carranza…–.

El Joe tiene la marca imperecedera del matriarcado ejercido por su abuela Ana Chávez, su mamá Ángela Regina – ya fallecidas – y sus tías Aida e Inés. –Ellas fueron determinantes en mi vida, sobre todo en la edad comprendida entre los 12 y 14 años. Esa disciplina que me impusieron. Imagínate yo hacía algo malo y eso era una limpia (castigo) segura en las horas de la noche–.

En ese viaje que lleva Joe por las vías destapadas y empedradas de su inolvidable barrio de loma, le asalta a la memoria la gastronomía propia de la dieta afrocaribeña.

–Reconciliarme con la jalea de tamarindo, la alegría, el caballito, las cocadas, la boronía  (este útlimo es un plato hecho de plátano maduro, berenjena, salsa de tomate, cebolla y ají sofrito. Los primeros, dulces típicos del Caribe). ¡Eso sí es vida!– exclama.

El ser negro es clave y bongó

–En mis composiciones, en el fraseo, en mi forma de cantar, en los compases que hago se marca mucho el ser negro. Lo que más me caracteriza es el fraseo, juego con los cuatro compases, con los quintos y la clave. El negro siempre lleva la clave. El negro juega con la clave y el bongó, salen del corazón–. De inmediato nos mete en el cuento: –Tun tun pirin pá…tun tun pirin pá….y la papaga….pá pá pá… pa pá… pá pá pá..pa pá… tun tun pirin pá…tun tun pirin pá….. esa es la clave–.  Ríe a carcajadas y celebra el momento.

–Eso nace. Yo no lo fnjo. No lo invento. Yo soy negro. Eso es natural. Eso vino conmigo y se va conmigo. Si observas el hablado, las composiciones, el canto, puedes concluir que todo eso hace parte de la cultura negra, la cultura nuestra–.

La lengua criolla, mi lengua

Muchos seguidores del Joe no entienden ciertos vocablos que él utiliza en sus canciones, al punto que en algunas emisoras de Barranquilla hacían concurso premiando a quienes descifraran lo que él expresaba. Sobre este tópico nos explica: –Muchos dicen que es Bantú (complejo lingüístico y cultural africano), que es Patuá (dialecto del francés)… En todocaso es el ser negro, es el acento del negro que está metido, además, que es la nota–.

Toma aire, se acomoda en el sofá y prosigue. –Hay un tema que se llama Yamulemao–  del cantante africano Laba Sossec. Yo todavía no entiendo cómo me aprendí ese tema en esa lengua. Yo siento esa vaina y yo siento esa lengua, no la entiendo, pero la hablo. A esa pieza le inventé tantas cosas que siento como si fuera mío, porque yo soy negro–.

Para Viviano Torres, Ane Swing, uno de los alicientes e inspiradores para cantar en lengua palenquera fue el Joe Arroyo: –Al oirlo cantar e interpretar nuestra música me inspiró y me dio la fuerza para creer en lo nuestro, por el estigma que representaba para algún sector de la sociedad nuestra lengua y nuestra música. Cuando lo oía diciendo moná cucha tie la mi, al ver esa invitación a escuchar las expresiones lingüísticas nuestras en una persona como él, que no era palenquero, despertó en mi un sentimiento muy especial de admiración–.

El Joesón, lo mío

A sus 53 años de edad y 40 de vida artística, el Joe Arroyo ha obtenido dos supercongos y  18 congos de oro en sus presentaciones en el Festival de Orquesta en el Carnaval de Barranquilla, como un testimonio de una carrera pletórica de éxitos en el concierto nacional e internacional. Su impronta musical está determinada por el Joesón.

–Son temas de mi autoría, son ritmos que se me han venido a la cabeza y no te puedo decir que a este tema le voy a poner Joebantú u otro nombre. Con Joesón saben que lo hice yo. Es como si lo hubiese hecho el respetado difunto Pacho Galán con su famoso Merecumbé. Lo del Joe es un Joesón. El Joe te coge algo que tú lo sientes africano o que tú sientes una combinación de un mapalé con una salsa, tu sientes los dos golpes y te preguntas ¿esta nota qué?¿para dónde cojo? Sientes que hay dos ritmos cruzados, allí en el Joesón hay dos, tres o más ritmos entrelazados–.

–Los ritmos van dentro de la clave–, nos dice, tratando de explicar cómo logra esas mezclas que caracterizan al Joeson. –Yo lo que hago son movimientos armónicos. No te lo sé explicar, tendría que tener aquí uno o dos músicos para ir haciendo la descripción. Yo soy autodidacta. Estuve hasta hace dos, cuatro meses haciendo equipo  con
mi compadre Ricardo Ojeda  ‘El Pin’ (timbalero de la Orquesta La Verdad),  trabajé con Fruko, con el difunto Hernán Gutiérrez, Cheíto de Castro, Rafael Benítez. Ellos, que son decodifcadores, se sientan a mi lado y sólo escriben. Bueno, ellos pueden decir lo mismo, que no entienden al Joe, eso sólo salió y está escrito–.

Rebelión

En una página aparte se constituye el abordaje del tema Rebelión. Esta canción es  un grito de condena a una época que nos marcó y nos marca aún. Es un llamado a lo que no debe volver a pasar. –Es un tema que nació de un momento a otro. No es un tema que se estudió, que le puse un no sé qué y un no sé cuándo, no. Es un tema que surgió y ya. Sobre todo, la melodía. Hubo mucha letra que cancelé. Lo fui puliendo y puliendo hasta el punto
que al momento de cantarla la letra que había hecho en el estudio no era la misma. Y así ha sucedido con muchos temas, con grandes temas que en el camino les voy cambiando la letra. Esa es una ventaja cuando uno es cantante y compositor, se pueden cambiar las fichas–.

El Joe es un irreverente por antonomasia. Siempre ha conseguido lo que se ha propuesto, aunque se haya metido en camisa de once varas en más de una ocasión. En una anécdota que le llena de orgullo, nos comenta que Ralph Mercado, el hoy difunto empresario musical y de grandes espectáculos; creador del Festival de Soneros de Nueva  York, condicionó su participación a sólo interpretar salsa.  –Ese era un certamen que congregaba a los propios de la salsa: Lavoe, Conde Rodríguez, Pacheco, en fn. Yo tuve el gran honor de asistir, fui invitado. Eso fue en el año 1989. En plena tarima marco y pido una cumbia. La orquesta quedó sorprendida. A Dios todo le debo, empieza a sonar y te puedes imaginar, eso se estaba cayendo. ¡Una cumbia en Nueva York!   En pleno Festival de la Salsa… Ese momento fue tan grande que a mí nunca se me va a olvidar–.

Sonríe, ríe, carcajadas sin  límites. Celebramos, y con ello nos acercamos al epílogo de la conversación. El saludo a los lectores de Ébano y su admiración por el trabajo que se está haciendo con este medio informativo. Las fotos para la egoteca y un hasta luego…